El extraño ejercicio de juzgar

manifiestoSeamos francos, el ser humano siempre ha juzgado. Ha juzgado la capacidad de enseñar de sus padres, la conducta de sus hijos, la ausencia de liderazgo del jefe y lo mal que trabaja el compañero.

En el cristianismo dicen que no juzguemos o seremos juzgados y que no juzguemos por las apariencias. Algunos psicólogos dicen que al juzgar en realidad vemos cierta apreciación de la realidad, pero en base a nuestros conocimientos, desagrados, convencimientos y aprobaciones.

Al juzgar utilizamos toda nuestra acumulación de conocimientos, nuestra percepción de la ética y la moral, los valores y principios que nos acompañan siempre y lo mezclamos en una ensaladera con emociones y sentimientos.

Cuando vemos a la ex paseándose con otro hombre y pensamos “al final resultó una trolita (chica fácil)” ponemos mucho de nuestros sentimientos y emociones.

Cuando vemos a un compañero en el trabajo sacando fotocopias para un material que llevará en su casa y pensamos que está mal, o aquel que tira el papel de un caramelo al piso en plena calle, ponemos para juzgar nuestra moral y a veces principios y valores.

El ejercicio de juzgar se observa a niveles interestelares en los programas de espectáculos y farándula. Si muestran un video en donde una cantante sale borracha de una disco, la juzgamos (y en la mayoría de los casos hasta destruirla, a no ser que seamos fanáticos de la artista). Si un actor habla de no querer reconocer a un hijo, lo juzgamos también.

Ni hablar de deportes como el fútbol en donde ampliamente mezclamos con pasiones.

Todo el mundo todo el tiempo juzga. Ahora la pregunta es por qué.

Juzgamos a los demás por una simple cuestión: proyectamos nuestros errores en otras personas. Es más fácil juzgar al verdulero de la esquina que atiende con desgano a juzgarnos nosotros mismos. Es más fácil proyectar nuestra imagen en el otro y destruirlo al conocernos internamente.

¿Qué tanto sabemos de nosotros? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a conocernos?

Seguramente juzgaremos mucho menos cuando logremos apartar nuestra mente y nuestras emociones en primer lugar, y cuando sepamos más de nosotros. Estaremos en paz y nos daremos cuenta que ya no nos alteramos tanto.

Ojo, no confundamos la meditación y el autoconocimiento con el juzgarse a si mismo porque ahí lo único que estaríamos haciendo es un cambio de fichas.

El reconocer quiénes somos y el aceptar los hechos como tales lograrán que dejemos (o al menos disminuyamos) el ejercicio de juzgar.

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